El Shiatsu llegó a mi vida cuando mi propia cadera se bloqueó. Una sola sesión logró lo que parecía imposible, y ahí comprendí que detrás de un síntoma físico se esconde un universo de conexiones esperando ser escuchadas.
Ese redescubrimiento me cambió la vida. Siempre amé bailar, pero durante mucho tiempo me sentí trabada y avergonzada dentro de mi propia piel. Fue al aprender a amar y agradecer a mi cuerpo cuando esa timidez se disolvió. Hoy, el Tango es mi viaje terapéutico. Bailar es conectar con un otro en movimiento; un espacio de presencia absoluta donde aparece una nueva forma de vernos y vincularnos. Es, en esencia, volver a casa.
Creo que mi propósito se terminó de forjar con la partida de mi madre. Ver cómo su energía vital se marchitaba tras decepciones profundas cambió mi visión de la salud para siempre. En ese proceso nació mi espiritualidad: comprendí que «el amor es lo único que trasciende el tiempo y el espacio». Mi práctica es hoy mi forma de honrarla y de acompañar a otros a sanar aquello que en ella no supe cómo transitar.
Me considero una eterna aprendiz. Aunque he leído y buscado en diversas filosofías, es en la Cábala y en la Medicina Tradicional China donde he comenzado a profundizar de verdad. Me fascina el lado poético de estas enseñanzas y encontrar analogías entre el universo y la naturaleza humana.
Mi misión es abrir esa ventana hacia tu propia sabiduría interna. Crear un espacio donde la mente se calme para que tu cuerpo, ese vehículo sagrado, pueda expresar todo su potencial y volver a moverse en libertad.